A Miguel Hernández, en el centenario de su nacimiento
Nacido para el luto y sus silencios,
para la pena bruna y para el llanto,
para hablar de la ausencia, del espanto
de la guerra, del rencor y sus desprecios
en la entraña desnuda de su canto.
Su soledad, para alivio de necios,
naufraga a la intemperie de sus pecios,
uncida al amargor del desencanto.
Quizás fuera, entre todos, el poeta
que quiso caminar con otra meta
que no fuese tan solo hueco y farsa
y en la cárcel murió con su tristeza
mezclando el corazón con su cabeza
y la tinta de su sangre de comparsa.