domingo, 11 de septiembre de 2011

11-S




Hoy las imágenes se repetirán de nuevo como una pesadilla que transformó el mundo al principio del milenio. Cada cual recordará, al tiempo que se suceden las imágenes, dónde se encontraba y qué hacía aquel 11 de septiembre del que ahora se cumplen 10 años.

Hacía algunos días que acabábamos de reintegrarnos a nuestros habituales puestos de trabajo. Recuerdo que aquel día fue día de claustro y, cuando finalizó, nos encontramos los compañeros en el Maypa de Arroyo de la Luz para tomar una caña antes de volver a nuestras casas. Lo que veíamos en la televisión nos parecía una película, aunque extraña, hasta que vimos impactar el segundo avión en la segunda torre. A partir de entonces no nos creíamos lo que estábamos viendo pasar y ser contado en directo. Ya en casa, no me despegué del televisor, como tantos otros ciudadanos, hasta las cinco o las seis de la tarde, aturdido por las dimensiones del desastre y por las repercusiones que éste tendría en el futuro en las vidas de los que habitamos este mundo, que cada vez más parece haber entrado en un permanente estado de violencia y de locura que amenaza con destruir, no sólo nuestras esperanzas y nuestros sueños, sino nuestra propia existencia como seres.






RENTRÉE

Si fuera de origen anglosajón esta palabra posiblemente estaría ya admitida por el Diccionario de la Lengua Española, pero su origen francés la ha dejado un poco abandonada a su suerte. Con la rentrée parece que las cosas vuelven a sus cauces reglamentarios, a los estereotipos habituales después del paréntesis veraniego, que nos dispersa (ahora menos, o menos lejos) por la geografía del mundo. Con ella nos referimos a la vuelta o el regreso, o la apertura o reapertura de algo; por ejemplo, del curso escolar, que tantos problemas está dando como consecuencia de los recortes que, en este y en otros sectores, no dejan de multiplicarse y se anuncia que lo seguirán haciendo para contentar a avarientos e insaciables mercados que parecen no entender que con menos posibilidades económicas de la ciudadanía hay menos consumo; a menos consumo, menos ventas, claro, y a menos ventas, más problemas para aquellos que producen y no dan salida a sus productos. Las paradojas del capitalismo y la repetida historia de la estupidez humana, que es capaz de tropezar en las mismas piedras una y otra vez, lo que me lleva a preguntarme sobre la naturaleza y el sentido de nuestra capacidad de aprendizaje.

Para muchos el año comienza en septiembre (con o sin exámenes), a pesar de que la convención lo ha situado el noveno del calendario, y con él vuelven otra vez los buenos propósitos y las ganas de aprender o de coleccionar algo inducidos por la publicidad televisiva, que no deja de lanzarnos fascículos de todo tipo, ya sean colecciones de lo más variopinto, desde dedales a escarabajos, minerales o soldaditos de plomo, o cursos de idiomas que se abandonan a las pocas semanas de su inicio. Septiembre, que debería ser el mes de la calma y el sosiego pasados los rigores estivales, se convierte en el mes de las urgencias, del regreso a los ruidos, a los atascos y a las prisas (si alguna vez se abandonaron). Las ciudades vuelven a recuperar el pulso del stress, del apresuramiento y la impaciencia, que parece que son las señas de identidad que las hacen ser lo que son.



 

miércoles, 31 de agosto de 2011

PAREJA CON SOMBRERO 1

LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO





Como dijera Robert Allen Zimmerman, alias Bob Dylan, en la década de los sesenta del siglo XX, los tiempos están cambiando, y cada vez lo hacen de modo más acelerado; tanto, que apenas podemos asimilar las mudanzas que se producen y que, en muchos casos, alteran la paz de nuestros pasos, desenfocan nuestro mirar y perturban nuestros sueños y nuestras esperanzas en el apresuramiento de cada instante.
La información y los medios que la facilitan, cada vez más rápidos, más interactivos y más al alcance de todos, propician transformaciones y vaivenes en el día a día de todos los que habitamos este planeta.
Desde hace algún tiempo el Magreb arde como una mancha de crudo sin control. Tan sólo ayer parecía que todo estaba en calma y nada parecía presagiar la imparable marea social y política que ha surgido como un tsunami de hombres y mujeres que han salido a la calle a protestar por lo injusto de unos regímenes corruptos que han vivido de espaldas a sus propios pueblos, en el búnker de sus egolatrías, de sus despilfarros y corrupciones.
Una marea humana se ha adueñado de estos países del norte de África, cansada de años y años de imposiciones, censuras, tiranías y abusos de poder, abrumada y agobiada por la falta de futuro y de horizontes.
Ahora todos quieren y tienen derecho a mejorar sus condiciones de vida y sus cotas de libertad, restringidas y censuradas durante tanto tiempo.
Cada vez es más evidente también que Occidente, que de algún modo y mirando únicamente por sus propios intereses, ha permitido y tolerado estos regímenes dictatoriales, está dejando de ser el ombligo del mundo y que los países del denominado Primer Mundo se van a ver obligados a compartir su modo de vida con el resto de la humanidad; pero, no nos engañemos, lo harán por imposición, no por generosidad.