Vejadas, ofendidas y olvidadas
han pasado sus vidas por la historia,
excluidas del honor de la memoria
y a los planos más grises relegadas.
Fueron tantas y tantas las que ardieron
en sus fueros internos abrasadas
sin poder expresarse, amordazadas
por aquellos que nunca descubrieron
el valor que atesoran las miradas
de aquellas que miraron de otro modo
mientras el sol giraba a sus espaldas,
que aún mansas, calladas y sumisas
consiguieron elevarse desde el lodo
sin perder el vigor ni las sonrisas.
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miércoles, 28 de octubre de 2009
miércoles, 7 de octubre de 2009
LATIGAZOS POR LLEVAR PANTALONES EN SUDÁN
Las mujeres no lo han tenido fácil en un mundo de hombres que parece que ha tenido como uno de sus objetivos primordiales el castigo, la humillación y el desprecio constante de la mujeres, sobre todo de aquellas que no se sometían a las ridículas e incomprensibles normas vigentes en sociedades que parecían diseñadas para no contar nunca con ellas.
Lubna Husein es una mujer sudanesa, una más de una larga lista que ha luchado a lo largo de la historia para que se vean reconocidos sus derechos, una más que está luchando ahora por la igualdad de género y por la abolición del artículo 152 del código penal de su país, que se refiere a la vestimenta indecente y que prohíbe a las mujeres llevar pantalones bajo pena de latigazos.
Desde la distancia y la seguridad que da vivir en países que han superado (esperemos que para siempre) estas circunstancias anacrónicas e injustas, uno se puede preguntar qué hay de indecente o de pecaminoso en que una mujer use pantalones cuando lo estime oportuno o le dé la gana. Estamos ya tan acostumbrados a que esta prenda forme parte del guardarropa de las mujeres en nuestro entorno cultural que apenas si nos acordamos de los años 60, por ejemplo, cuando las primeras que empezaron a llevar pantalones, sobre todo en los pueblos pequeños, eran miradas con malos ojos, criticadas y tildadas de fulanas o de a saber qué en boca de las comadres de turno que no tenían nada mejor que hacer que sentarse al sol y esperar el paso de las víctimas. Hoy las comadres han sido sustituidas por los programas rosa de las televisiones, y la rumorología y la maledicencia han sido elevadas a categoría nacional de primer orden.
Por aquí, sin embargo, que yo sepa, no se propinaron latigazos a las atrevidas vanguardistas de aquellos años, pero las miradas que recibían y las críticas a las que eran sometidas causaban posiblemente tantos estragos en su corazón y en su ánimo como estos latigazos sudaneses.
sábado, 19 de septiembre de 2009
STIEG LARSSON MURIÓ DE PARTO
STIEG LARSSON MURIÓ DE PARTO
Sin duda, Stieg Larsson murió de parto. Un parto de 2.100 páginas, más o menos, escritas en poco tiempo y con un extraño frenesí, como si supiese que no disfrutaría del beneficio de ese embarazo novelesco del que nació un periodista incorruptible y una hacker inverosímil.
Las parejas protagonistas han dado buenos resultados en la historia de la literatura y el cine. Como Sherlock Holmes y Dr. Watson, Robinson y Viernes, D. Quijote y Sancho o Batman y Robin, por citar ejemplos muy conocidos, Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist también trabajan, más o menos unidos, contra el mal, la corrupción, la tortura, la injusticia, el abuso, la crueldad y la mentira. Sin armas. La palabra y el ordenador son sus herramientas para desenmascarar a los criminales, a los corruptos, a los que torturan y abusan de los demás. El acierto de Larsson ha sido invertir los papeles y dar el protagonismo a una mujer. El siglo XX ha sido el siglo, entre otras cosas, de la irrupción de la mujer en el mundo de lo público reivindicando con razón y con “co-razón” la igualdad de derechos. Seguramente no es casualidad que esta heroína de principios del XXI haya nacido en un país nórdico y sea seguramente un resultado más de una lucha que está bastante lejos de concluir, pues las mujeres siguen siendo profanadas, esclavizadas, violentadas, maltratadas, secuestradas, oprimidas, asesinadas e ignoradas en todos lugares de un mundo bastante inhóspito para ellas.
Si la obra de Larsson contribuye a que los hombres que odian a las mujeres comiencen a darse cuenta de su error, habrá merecido la pena su lectura. Él, sin embargo, no ha podido disfrutar del éxito y del triunfo de sus criaturas, que han entrado ya por méritos suficientes en el fantástico mundo de los personajes literarios que pueblan nuestro imaginario colectivo.
Sin duda, Stieg Larsson murió de parto. Un parto de 2.100 páginas, más o menos, escritas en poco tiempo y con un extraño frenesí, como si supiese que no disfrutaría del beneficio de ese embarazo novelesco del que nació un periodista incorruptible y una hacker inverosímil.
Las parejas protagonistas han dado buenos resultados en la historia de la literatura y el cine. Como Sherlock Holmes y Dr. Watson, Robinson y Viernes, D. Quijote y Sancho o Batman y Robin, por citar ejemplos muy conocidos, Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist también trabajan, más o menos unidos, contra el mal, la corrupción, la tortura, la injusticia, el abuso, la crueldad y la mentira. Sin armas. La palabra y el ordenador son sus herramientas para desenmascarar a los criminales, a los corruptos, a los que torturan y abusan de los demás. El acierto de Larsson ha sido invertir los papeles y dar el protagonismo a una mujer. El siglo XX ha sido el siglo, entre otras cosas, de la irrupción de la mujer en el mundo de lo público reivindicando con razón y con “co-razón” la igualdad de derechos. Seguramente no es casualidad que esta heroína de principios del XXI haya nacido en un país nórdico y sea seguramente un resultado más de una lucha que está bastante lejos de concluir, pues las mujeres siguen siendo profanadas, esclavizadas, violentadas, maltratadas, secuestradas, oprimidas, asesinadas e ignoradas en todos lugares de un mundo bastante inhóspito para ellas.
Si la obra de Larsson contribuye a que los hombres que odian a las mujeres comiencen a darse cuenta de su error, habrá merecido la pena su lectura. Él, sin embargo, no ha podido disfrutar del éxito y del triunfo de sus criaturas, que han entrado ya por méritos suficientes en el fantástico mundo de los personajes literarios que pueblan nuestro imaginario colectivo.
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