Desde pequeño he escuchado una frase muy repetida por mis mayores en la que se hacía referencia a la clase política española que, según ellos, nunca ha estado a la altura de las circunstancias. “España nunca ha tenido buenos políticos”, repetían una y otra vez. Quizás su experiencia les agrió el carácter y les hizo escépticos con respecto a la práctica política. A lo peor tenían razón, a la vista del panorama actual en el que los ediles parecen más preocupados por engordar su patrimonio que por solucionar los problemas de los ciudadanos. Es preocupante, sin duda, el grado de corrupción que planea sobre los políticos españoles. Sin embargo, no toda la culpa será de los políticos. Otro tanto ocurre con el empresariado español, al que, según dice también la opinión ciudadana, le gusta llenarse los bolsillos en épocas de abundancia y lamentarse en épocas de escasez. ¿Dónde están ahora los grandes empresarios y la gran banca, que se han lucrado estos años hasta la saciedad? ¿No es lógico que si han llenado sus arcas con el sudor, las hipotecas, el ladrillo y los ahorros de los ciudadanos, ayuden ahora también con su esfuerzo a superar esta crisis que ha sido fruto, entre otras causas, de su avaricia sin límites? ¿Este país y estas personas a los que tanto elogiaban cuando recibían de ellos beneficios escandalosos, no es el mismo que ahora necesita de sus recursos y de su generosidad?
Parece, más bien, al contrario: que sea el Estado, y sólo él (y, por tanto, los ciudadanos), el que cargue con todas las culpas y la responsabilidad de este aprieto, y el que nos saque a todos de esta encrucijada crítica en la que se halla la economía. Mientras tanto, ellos, los grandes empresarios, juegan con sus dividendos y vuelan y los depositan allí donde pueden obtener más y mejores réditos, a la espera de que nuevos vientos favorables vuelvan a soplar para sus orondas economías.