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jueves, 8 de julio de 2010

PROPUESTA DE BANDERA


SÍMBOLOS


Que el hombre es un animal simbólico está fuera de toda duda. Con ellos ha construido todo un mundo del que se nutre y que está en perpetua mutación. Muchos símbolos tienen un carácter neutro, meramente conceptual o alusivo a un mundo más o menos denso y amplio de significados. Otros muchos, además, están ligados a sentimientos de carácter colectivo, a tradiciones compartidas, a identidades comunes que se han ido fraguando con el tiempo.
De todo ese universo simbólico, sin embargo, los símbolos que menos me gustan son aquellos que tienen un carácter excluyente, entre los que se encuentran los símbolos de carácter nacionalista que, al mismo tiempo que buscan la identidad nacional, excluyen a los que no pertenecen o participan de esa identidad. Los himnos y las banderas son dos tipos de símbolos que ejemplifican este comportamiento.
Ahora que, en pleno mundial, los bares se adornan como si estuviéramos en ferias y fiestas y los balcones, ventanas, puertas e incluso fachadas muestran sin pudor la bandera nacional y alguna republicana, no podemos olvidar que desde hace setenta y algo de años los españoles convivimos con identidades escindidas cuyo origen estuvo en un enfrentamiento cuyas huellas aún están presentes en nuestras vidas de algún modo.
¿Por qué no terminar con este desvarío? ¿Por qué no proponer nuevos símbolos para cerrar viejas heridas? ¿Por qué no construir nuevos símbolos que no excluyan sino que integren y faciliten la convivencia?

viernes, 25 de diciembre de 2009

BÚSQUEDA

El hombre parece ser el único animal que no se siente satisfecho con su propio ser; los demás parecen contentarse con lo que son; carecen, simplemente, de la capacidad de plantearse siquiera la cuestión.
Es el pensar lo que capacita al ser humano para hacer de la realidad y de sí mismo un problema y lo abre a la posibilidad de ir más allá de lo que hay a través del lenguaje y los símbolos para encontrar un sentido que satisfaga, con más o menos coherencia, ese afán.

lunes, 9 de noviembre de 2009

LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN




Esta noche, 9 de noviembre de 2009, se cumplirán 20 años de la caída del muro de Berlín, y la noticia de este aniversario ocupa de manera destacada un espacio en las páginas de los periódicos, en internet y en los noticiarios de las cadenas de televisión.
Hace 20 escuchábamos también las noticias que nos llegaban por los medios de comunicación y entre sorprendidos, expectantes y entusiasmados, muchos ciudadanos del mundo compartimos la alegría de los berlineses mientras con alborozo y con saña destruían el muro que mantuvo separada una ciudad y sus habitantes, un país y el mundo entero durante 28 años y 88 días.
Fueron años de frustraciones, de tragedias personales y de falta de libertad. La guerra fría helaba nuestros corazones y nos recordaba constantemente, como moderna espada de Damocles, la amenaza constante de otra guerra global y definitiva, que nada tenía de fría, por cierto, salvo la frialdad con la que los responsables de tomar tales decisiones parecían plantearla en el tapete de los juegos y las estrategias geopolíticas.
Lo que se derrumbó aquella noche, por tanto, no fue tan solo un muro de ladrillo y de hormigón; fue un símbolo. El muro, que se erigió de la noche a la mañana y que cayó de la noche a la mañana[1], fue, durante el tiempo que duró, el símbolo de la opresión, de la arbitrariedad y de la falta de libertad con la que el poder oprime caprichosamente a los ciudadanos; fue el símbolo de la separación entre dos ideologías que lucharon por imponerse la una a la otra al margen de cualquier otra consideración en un mundo que aún se lamía las heridas de la confrontación más despiadada y sangrienta que había conocido la humanidad hasta ese momento.




[1] Se construyó de la noche del 12 de agosto de 1961 a la mañana del día 13 y se derrumbó de la noche del 9 de noviembre de 1989 a la mañana del día 10 en una inesperada y exultante manifestación de alegría cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo.