jueves, 1 de octubre de 2009

TANTO MONTA, MONTA TANTO

(TONI “EL PELAO” Y “LA UCHI”)

(PRESENTACIÓN DE LOS BAILAORES EN EL XXXIII FESTIVAL FLAMENCO DE CÁCERES)


Que el baile es la faceta más plástica del flamenco es evidente e incuestionable; la más estética y, posiblemente, la que más conmueve nuestra sensibilidad. El baile, bien ejecutado, enamora y cautiva para siempre.
Para los asiduos al Festival Flamenco de Cáceres no es necesario recordarles la importancia que en el mismo ha tenido el baile, pues estoy seguro de que en el desván de sus memorias están presentes figuras que han pasado por el mismo a lo largo de estos años, figuras tan emblemáticas como Pepa Montes, El Güito o Manolete.
Esta noche asistiremos a uno de esos momentos memorables e imprescindibles del flamenco con el espectáculo “Puro flamenco”, que Toni el Pelao y La Uchi van a representar ante ustedes dentro de breves instantes, un espectáculo en el que se condensa la herencia artística de “Los Pelaos”, la única saga centenaria de bailaores flamencos que tiene en Toni el Pelao su último eslabón. En efecto, “se trata de una tradición gestual dinástica, ya que Los Pelaos son una generación de peso en el devenir histórico del arte jondo”[1], como acredita el que, por ejemplo, Pilar López y Antonio Gades tomaran ciertos movimientos, sobre todo de farruca, de su tío El Gato. Este árbol genealógico hunde sus raíces en Jerez, de donde partieron hacia Madrid en una fecha inconcreta de finales del siglo XIX. La dinastía de Los Pelaos proviene de Antonio Manzano Heredia, “El Gato”, tío de Toni, quien sacó la farruca por primera vez como baile, y en la actualidad Antonio Manzano Bermúdez, “Toni El Pelao”, afronta la responsabilidad, a sus sesenta y tantos años, de mantener la tradición. Como verán ustedes, el arte flamenco no tiene edad.

¿Qué rasgos caracterizan a este estilo tan particular de bailar? El rasgo más característico es que se trata de un baile de cintura para arriba, con gestos tan significativos como la manera de alzar los brazos, algo que ya no se ve; los levanta de una forma que parece que crecen. Es un baile recortado, sobrio, que va directo a la esencia, con marcajes imposibles de seguir. Llamada, escobilla, salida y se acabó. Es inconfundible, y con unas hechuras sin igual. Destaca también la manera cadenciosa de pasear por el escenario, desafiante y majestuosa. Desde el principio el bailaor ocupa el escenario como un felino, con la mano asida al chaleco y luciendo su planta, marcando el territorio solamente con la punta del pie. Si lo observan con detenimiento verán cómo se crece en el escenario.
Contemplaremos también esta noche cómo el tiempo se detiene, cómo se baila casi sin moverse, cómo se dice y se habla en silencio, con los gestos, con el rostro majestuoso y añejo de los que han sabido conservar este arte en sazón a través de los años y sin concesiones al ruido, al estruendo de alrededor.
Ahora que la velocidad se ha convertido en el signo de los tiempos y parece que se han confundido los escenarios con pistas deportivas y circuitos de velocidad, donde lo único que cuenta es la rapidez en la ejecución, tiene más valor lo que hoy vamos a saborear: una estética que se está perdiendo, muriéndose poco a poco por el empuje de los que han confundido la celeridad con el arte, el vértigo de los movimientos convulsos y frenéticos con la expresión más honda y genuina de la emoción flamenca.
La elegancia, la sobriedad, el empaque, la colocación y la fuerza que emanan de esta pareja de bailaores nos transporta a otra época, una época de brazos parados y mirada desafiante, de gestualidad sin aspavientos, que nos embruja y nos cautiva en las redes atemporales de este sentir, tan solemne y enigmático, tan sutil y tan remoto como la propia existencia, y que constituye la esencia de lo “jondo”.
Guarden, pues, señoras y señores, en su retina y en su memoria estos momentos que, si el duende acompaña, posiblemente serán irrepetibles.
Que los disfruten.





[1] José María Castaño: “Como los cánones mandan”, artículo en el Diario “La voz de Cádiz” (08/03/2007)

2 comentarios:

Yo mismo dijo...

Esto de los bailaores, cantaores y demás está muy bien, pero digo yo que en vez de verlos en un teatro "aberronchaos" en la butaca, será mejor verlos en una tasca con un pata negra y un buen vino por delante ¿no?.
Un abrazo.

Joaquín Paredes Solís dijo...

Lo de "aberronchaos" se me escapa, aunque me lo puedo imaginar. Efectivamente, también se puede contemplar de ese modo. El inconveniente es que algunos se pasan con el vino y las copas y ya no les importa el cante ni el baile y no hacen más que incordiar e impedir que los demás lo disfruten. Pero tampoco está mal escuchar así el flamenco y, de hecho, se hace.